Dueños de la victoria, los aventureros ordenaron llevar los cuerpos de los enemigos caídos al norte del bosque y quemarlos, al mismo tiempo, apostaron algunos vigías, y volvieron hacia BosqueBajo, junto con sus hombres, para descansar, vendarse las heridas, y festejar el resultado de la batalla.
Durante un día y una noche entera se festejó, entre bebidas, canciones, mujeres, cantos, alabanzas, agradecimientos y lágrimas por los caídos. Garaf, Duôr y el clérigo tomaron más que nadie: para el final de la noche, el enano se mantenía en pie mientras sus dos camaradas de bebidas estaban desmayados. No solo eso, sino que terminó la noche en la placentera compañia de no una, sino dos bellas damas.
Por la mañana, casi todos los presentes estaban dormidos, ahogados en alcohol. El clérigo se despertó, y lo primero que se le cruzó por la mente fue robarle la mandolina a uno de los músicos dormidos. Borrachera y robo, su deidad estaría complacida. Despidiéndose de Gloranda y el resto del pueblo, y prometiendo regresar, decidieron viajar hacia el sur, a Suno, para vender y comprar, y descansar un poco de las tierras salvajes. El viaje transcurrió sin problemas. Antes de cruzar las puertas, los guardias revisaron el cargamento de su mula y su carreta, pero pasaron sin problemas. Una vez adentro, mientras paseaban por el mercado de la cuidad, una zona llena de pequeños puestos y tienditas que vendían desde chucherías hasta supuestos componentes mágicos, un hombre vestido de manera costosa apuntó al clérigo con su dedo, gritando "¡Es él!¡Ese es!¡Atrapenlo!", de entre la multitud salieron cinco hombres de aspecto bruto y de grandes cuerpos, tenían cachiporras en sus manos. El pícaro, que se había quedado atrás mirando unas cosas en un puesto, disimuló y se mantuvo al margen del combate. Los demás desenvainaron sus armas y combatieron a los brutos.
La pelea duró poco, y en menos de un minuto los cinco hombres yacían en el suelo inconscientes, uno a punto de morir a causa de un hachazo, gentileza de Thoriom. El clérigo lo mantuvo con vida lo suficiente como para llevarlo luego al doctor más cercano. Cuando los corpulentos combatientes empezaron a desfallecer, el hombre de las vestiduras costosas echó a correr entre la multitud, pero el elfo ya tenía el arco en la mano, y una flecha pronta para el vuelo, la cual pareció penetrar en la parte trasera del pie del hombre. Así y todo, siguió intentando escapar. Thoriom lo siguió, pero el humano conocía bien las calles y las callejuelas, y se perdió en la multitud.
Los aventureros terminaron interrogando a uno de los brutos, quien les confesó que ese hombre los había contratado para capturar al clérigo con vida, les rebeló el nombre de su empleador. Esa noche, se hospedaron en una de las posadas del lugar, y apostaron y tomaron durante un buen tiempo con otra compañía de aventureros, también preguntaron por el hombre que había intentado secuestrar al clérigo, y les dijeron que era un mercader medianamente importante, perteneciente al gremio que controlaba la ruta hacia el norte, hacia Mence. Esa misma noche fueron a darle una visita, y luego de un poco de exploración y escalada por parte de Garaf, y de un ingenioso engaño, lograron entrar en el edificio del gremio. Terminaron discutiendo con el mercader, quien les dijo que sabía de buenas fuentes que el clérigo había liderado una cantidad de ataques contra sus caravanas hacía poco. Ellos les dijeron que era imposible, ya que habían estado entrenando y combatiendo en BosqueBajo. Como era de esperar, el mercader no creyó una sola palabra, y solicitó testigos, por lo que el elfo y Piel tuvieron que cabalgar hasta BosqueBajo y traer a Gloranda y a uno de los oficiales al mando de las fuerzas reales para servir de testigos. Finalmente, el asunto se dió por concluido, con el mercader ofreciendo sus disculpas y pagandoles algunas monedas por las molestias. Piel estaba muy entusiasmado con una brutal guadaña que compró a un simpático herrero local.
Volvieron al norte, con Gloranda y el oficial. Cuando llegaron a BosqueBajo tuvieron que insistir varias veces para convencer a los locales de que no querían festejar nuevamente, que tenían cosas que hacer. Asi que partieron hacia las colinas, en búsqueda del monasterio, buscando revancha de los esqueletos que unas semanas atrás los habían vencido. Cruzaron el bosque que estaba al norte de BosqueBajo , y justo antes de llegar a su fin, fueron atacados por una banda de huargos, unos cinco de ellos.
Fue una lucha dura, Piel intentó hacer unas cargas con su caballo y su lanza, pero el terreno boscoso e inclinado de a ratos se lo hizo imposible. Terminaron ganando, pero estaban algo heridos, cansados, y más que nada sobresaltados, ya que no esperaban ser atacados por nada ni por nadie tan cerca de BajoBosque.
17/6/10
7/6/10
Día 94 al 116
Luego de llegar a Mence, descansar una noche, y reaprovisionarse, los aventureros decidieron visitar por primera vez el poblado de Bajobosque, al suroeste. Partieron con el alba, siguiendo el camino, pasaron por Alder, y al cabo de una semana de viaje pacífico, arribaron a su destino.
Con solo dar unos pasos en las cercanías de la pequeña aldea, notaron que habían muchas edificaciones precarias, y tiendas en los alrededores, y apenas estuvieron a la vista de los habitantes del lugar, una anciana se les acercó desesperada y suplicante. En un abrir y cerrar de ojos estaba aferrada al poderoso brazo del imponente guerrero, Piel, pidiendo ayuda entre gimoteos y lágrimas, sin hacerse entender. Luego de calmarla un poco, Piel le dijo que los lleve con alguien que le pudiese explicar mejor que era lo que necesitaban. La anciana los llevó con un par de hombres sentados ante un pequeño fuego, sus rostros dejaban ver que estaban pasando un momento terrible.
Les explicaron que su aldea, más al norte, cruzando Bajobosque y las colinas, había sido asaltada por casi un centenar de criaturas malignas, lideradas por un hombre alto, alto y terrible, a quien llevaban encima de una plataforma cuatro otros humanoides de aspecto brutal. (En este momento, los aventureros se miraron entre ellos, recordando la columna de humo que habían visto desde la entrada del monasterio, unas semanas antes). Los pocos hombres que se encargaban de vigilar la aldea y sus alrededores fueron rapidamente vencidos, a pesar de reagruparse y luchar con bravura y coraje. Muchos no combatientes murieron a manos de las armas y las garras de los invasores también, pero el martirio de los jóvenes milicianos permitió que más de la mitad de la población escapara con vida. Escapando hacia el sur, pasaron por un pequeño enclave de enanos en las montañas, pero el líder de los enanos les negó santuario, argumentando que eran una avanzada muy pequeña como para arriesgarse a ser atacados por una horda de criaturas malignas. Desesperados, cruzaron el bosque sobre las colinas, y llegaron a Bajobosque, donde los recibieron de buen gusto, ya que el pasado unía a las dos aldeas.
Allí se encontraban hoy, sin saber que les deparaba el futuro, y viviendo como podían. El grupo entonces pidió que los llevaran con la persona que dirigiera esta comunidad, y fueron llevados a la cabaña de Gloranda, una mujer en sus cuarentas, de aspecto calmado e inteligente. Ella les explicó de mejor manera la llegada de los exiliados, y que la población local, ahora con la cabeza más fría y menos conmovidos, se sentían inquietos de que la horda atacara Bajobosque. Piel dijo que deberían prepararse para la defensa sin demora, a lo que la mujer respondió con una pregunta: si ellos pensaban ayudarlos. Piel lo consultó con el grupo. Todos estaban de acuerdo con ayudar a los pobres aldeanos, excepto el explorador, que argumentaba que este no era asunto suyo, y Garaf el mediano, que consideraba necesario un pago antes de perder su tiempo y arriesgar su pellejo en una pelea ajena. Como era de esperar, los exiliados no tenían nada para darle a cambio a los aventureros, y la de gente de Bajobosque tampoco poseía demasiado (o no estaban dispuestos a pagar lo poco que tuviesen). Luego de muchas vueltas y revueltas, el grupo decidió entrenar una milicia y defender la aldea en caso de que fuera invadida.
El problema era que casi nadie estaba en condiciones, o dispuesto a enfrentarse a las terribles criaturas. Pero gracias a un inspirador discurso de Piel Klemsit, unos veinte voluntarios se ofrecieron a luchar. No eran suficientes. Gloranda dijo que apenas se habían enterado del ataque en el norte, habían enviado a dos jóvenes a caballo a la capital en búsqueda de ayuda hacía más de una semana, pero que todavía no tenian noticias de ellos. Piel ordenó que se pidieran voluntarios en Alder, y asi se hizo: una semana después, mientras los aventureros entrenaban con la gente local, vieron venir a dos decenas de hombres por el camino, y una semana y media más tarde, otra veintena de hombres aparecieron en el horizonte, esta vez en brillante armadura, con escudos grandes y pesados, afiladas eran sus espadas y largas sus lanzas.
Solo dos días después, con tiempo apenas de preparar algún plan en caso de tener que defender Bosquebajo, uno de los vigías apostados en el bosque llegó corriendo avisando que había avistado a un grupo de orcos, orcos de piel gris, y envueltos en desgarradas túnicas y capuchas negras, con ojos blancos o totalmente negros. También habían osgos, portando sus típicas mazas de armas, de muchos pinches y tamaño descomunal. Sin perder ni un segundo, los aventureros organizaron rapidamente a todos los hombres en la ciudad, y los llevaron al bosque: emboscarían a los enemigos en la espesura.
Cuando los batidores informaron que las fuerzas enemigas armaban un improvisado puente, aprestándose a cruzar el poderoso río que nacía en las montañas y dividía al bosque en dos, Piel y sus compañeros dividieron sus fuerzas en dos grupos: uno con todos los arqueros que tenían y algunos guerreros de cuerpo a cuerpo, y otro enteramente compuesto por hombres armados con espadas, hachas, y lanzas. La horda enemiga no detectó a los hombres escondidos, y cuando cruzaron el puente y se adentraron un poco en la parte oriental del bosque, fueron atacados de frente por todos los arqueros de Bosquebajo, produciendo muchas bajas. Los osgos resistieron, y cuando cargaron contra los hombres armados con arcos, fueron atacados por las espaldas por los pelotones escondidos al norte. Los arqueros orcos que quedaban cerca del puente intentaron alcanzarlo para huir, pero una compañia de valientes milicianos les cerró el paso. En unos quince minutos, la batalla veía su final, había sido una masacre para la horda de norte: la emboscada había sido un éxito rotundo. Entre las filas de los aventureros, solo se contaban unas pocas bajas, algunos heridos (entre ellos Piel Klemsit y sus compañeros, que se encontraron bajo una andanada de oscuras flechas al intentar una carga algo arriesgada). Tan aplastante fue la victoria, que los últimos enemigos que quedaron al final del combate, tuvieron que luchar con el río a las espaldas, siendo empujados dentro del mismo, muriendo en la poderosa corriente.
Botín había muy poco, unas cuantas monedas de oro, mayormente en poder de los pocos osgos que no cayeron al río. Sin embargo, los milicianos estaban muy felices de poder tomar todas las armas del enemigo, ya que habían tenido que luchar con sus herramientas de trabajo, sus armas de caza, y las pocas y viejas armas de guerra autenticas que tenían, mayormente heredades de algún abuelo guerrero o mercenario.
Con solo dar unos pasos en las cercanías de la pequeña aldea, notaron que habían muchas edificaciones precarias, y tiendas en los alrededores, y apenas estuvieron a la vista de los habitantes del lugar, una anciana se les acercó desesperada y suplicante. En un abrir y cerrar de ojos estaba aferrada al poderoso brazo del imponente guerrero, Piel, pidiendo ayuda entre gimoteos y lágrimas, sin hacerse entender. Luego de calmarla un poco, Piel le dijo que los lleve con alguien que le pudiese explicar mejor que era lo que necesitaban. La anciana los llevó con un par de hombres sentados ante un pequeño fuego, sus rostros dejaban ver que estaban pasando un momento terrible.
Les explicaron que su aldea, más al norte, cruzando Bajobosque y las colinas, había sido asaltada por casi un centenar de criaturas malignas, lideradas por un hombre alto, alto y terrible, a quien llevaban encima de una plataforma cuatro otros humanoides de aspecto brutal. (En este momento, los aventureros se miraron entre ellos, recordando la columna de humo que habían visto desde la entrada del monasterio, unas semanas antes). Los pocos hombres que se encargaban de vigilar la aldea y sus alrededores fueron rapidamente vencidos, a pesar de reagruparse y luchar con bravura y coraje. Muchos no combatientes murieron a manos de las armas y las garras de los invasores también, pero el martirio de los jóvenes milicianos permitió que más de la mitad de la población escapara con vida. Escapando hacia el sur, pasaron por un pequeño enclave de enanos en las montañas, pero el líder de los enanos les negó santuario, argumentando que eran una avanzada muy pequeña como para arriesgarse a ser atacados por una horda de criaturas malignas. Desesperados, cruzaron el bosque sobre las colinas, y llegaron a Bajobosque, donde los recibieron de buen gusto, ya que el pasado unía a las dos aldeas.
Allí se encontraban hoy, sin saber que les deparaba el futuro, y viviendo como podían. El grupo entonces pidió que los llevaran con la persona que dirigiera esta comunidad, y fueron llevados a la cabaña de Gloranda, una mujer en sus cuarentas, de aspecto calmado e inteligente. Ella les explicó de mejor manera la llegada de los exiliados, y que la población local, ahora con la cabeza más fría y menos conmovidos, se sentían inquietos de que la horda atacara Bajobosque. Piel dijo que deberían prepararse para la defensa sin demora, a lo que la mujer respondió con una pregunta: si ellos pensaban ayudarlos. Piel lo consultó con el grupo. Todos estaban de acuerdo con ayudar a los pobres aldeanos, excepto el explorador, que argumentaba que este no era asunto suyo, y Garaf el mediano, que consideraba necesario un pago antes de perder su tiempo y arriesgar su pellejo en una pelea ajena. Como era de esperar, los exiliados no tenían nada para darle a cambio a los aventureros, y la de gente de Bajobosque tampoco poseía demasiado (o no estaban dispuestos a pagar lo poco que tuviesen). Luego de muchas vueltas y revueltas, el grupo decidió entrenar una milicia y defender la aldea en caso de que fuera invadida.
El problema era que casi nadie estaba en condiciones, o dispuesto a enfrentarse a las terribles criaturas. Pero gracias a un inspirador discurso de Piel Klemsit, unos veinte voluntarios se ofrecieron a luchar. No eran suficientes. Gloranda dijo que apenas se habían enterado del ataque en el norte, habían enviado a dos jóvenes a caballo a la capital en búsqueda de ayuda hacía más de una semana, pero que todavía no tenian noticias de ellos. Piel ordenó que se pidieran voluntarios en Alder, y asi se hizo: una semana después, mientras los aventureros entrenaban con la gente local, vieron venir a dos decenas de hombres por el camino, y una semana y media más tarde, otra veintena de hombres aparecieron en el horizonte, esta vez en brillante armadura, con escudos grandes y pesados, afiladas eran sus espadas y largas sus lanzas.
Solo dos días después, con tiempo apenas de preparar algún plan en caso de tener que defender Bosquebajo, uno de los vigías apostados en el bosque llegó corriendo avisando que había avistado a un grupo de orcos, orcos de piel gris, y envueltos en desgarradas túnicas y capuchas negras, con ojos blancos o totalmente negros. También habían osgos, portando sus típicas mazas de armas, de muchos pinches y tamaño descomunal. Sin perder ni un segundo, los aventureros organizaron rapidamente a todos los hombres en la ciudad, y los llevaron al bosque: emboscarían a los enemigos en la espesura.
Cuando los batidores informaron que las fuerzas enemigas armaban un improvisado puente, aprestándose a cruzar el poderoso río que nacía en las montañas y dividía al bosque en dos, Piel y sus compañeros dividieron sus fuerzas en dos grupos: uno con todos los arqueros que tenían y algunos guerreros de cuerpo a cuerpo, y otro enteramente compuesto por hombres armados con espadas, hachas, y lanzas. La horda enemiga no detectó a los hombres escondidos, y cuando cruzaron el puente y se adentraron un poco en la parte oriental del bosque, fueron atacados de frente por todos los arqueros de Bosquebajo, produciendo muchas bajas. Los osgos resistieron, y cuando cargaron contra los hombres armados con arcos, fueron atacados por las espaldas por los pelotones escondidos al norte. Los arqueros orcos que quedaban cerca del puente intentaron alcanzarlo para huir, pero una compañia de valientes milicianos les cerró el paso. En unos quince minutos, la batalla veía su final, había sido una masacre para la horda de norte: la emboscada había sido un éxito rotundo. Entre las filas de los aventureros, solo se contaban unas pocas bajas, algunos heridos (entre ellos Piel Klemsit y sus compañeros, que se encontraron bajo una andanada de oscuras flechas al intentar una carga algo arriesgada). Tan aplastante fue la victoria, que los últimos enemigos que quedaron al final del combate, tuvieron que luchar con el río a las espaldas, siendo empujados dentro del mismo, muriendo en la poderosa corriente.
Botín había muy poco, unas cuantas monedas de oro, mayormente en poder de los pocos osgos que no cayeron al río. Sin embargo, los milicianos estaban muy felices de poder tomar todas las armas del enemigo, ya que habían tenido que luchar con sus herramientas de trabajo, sus armas de caza, y las pocas y viejas armas de guerra autenticas que tenían, mayormente heredades de algún abuelo guerrero o mercenario.
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